Subía, en ola, a tu cuerpo ola, y éramos mar; las pieles murmuraban bajito lo que murmura el mar con su aire con su inmensidad con su viento con su vida toda con su muerte. Con su sal.
Bajaba a tu cuerpo, a besarlo, y era nube, neblina, cielo que baja a besar las montañas, a vestirlas, a comerse su tersura, a llenarse de ellas.
Me mirabas, brillabas y eras estrellas, y entonces brillaba yo y te miraba yo, y era estrellas y juntábamos cielos y explotábamos e implotábamos y éramos nada al final.
Nos abrazábamos, nos desnudábamos y nos anudábamos, y éramos flores que iban a dormir, y flores que amanecían, abríamos, cerrábamos, agarrábamos, desanudábamos. Y teníamos olores, colores, tamaños, pétalos, formas, pistilos diferentes cada vez, pero familiares cada vez.
Nos sabíamos.
Entristecíamos a veces, menguábamos, éramos lunas respirantes, pacientes, inmensas, interminables, listas para crecer, decrecer, recrecer, decrecer, recrecer, reflejarnos, orbitarnos, danzar en ese ocho acostado que significa más que ocho, más que diez, más que veintiséis incluso.
Nos infinitábamos.
Temblábamos, nos agitábamos, nos extendíamos, vibrábamos y éramos hojitas de colibrí. Tornasolábamos.
Nos probábamos y éramos frutas frescas, dulces, maduras o verdes a veces, aciditas y medio dañinas pero listas para la transición hacia el rojo, siempre hacia el rojo, aunque nos quedáramos en el amarillo, en el naranja.
Nos comíamos.
Pero de todo lo que éramos mi favorito era ser yo, y tú ser tú, y estar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario