Por @cumbiabich
Salió de su cantón con emoción desenfrenada donde el grito efusivo de la gente estaba al borde de la calle. Corría con una pelota de futbol con dominio exagerado.
Lo confrontaban los mejores jugadores pero nadie podía quitarle el balón.
Corría una calle y otra, corría decenas de éstas.
Después de un tramo, llegó a un terreno sin hierba con superficie de tierra seca y dura en donde se metió y acomodado en el centro de ésta se detuvo.
Puso la mirada enseguida, en una propiedad que le dividía con una malla ciclónica como de dos metros de altura según se miraba, y donde un perro negro y muy gordo ladrándole esperaba.
Cruzaron miradas y el vato se lanzó con el balón hacia la malla trepándola con la pelota pegada al pie. Como poseyendo una capacidad antigravitacional intermitente.
Llegando hasta lo más alto el perro enbroncado a cada salto alcanzaba a morderlo como una secuencia de máquina de tortura.
Se había sentado en la malla como asiento de bicicleta. Derecha del lado del perro e izquierda del lado del terreno.
La insistencia del muchacho por superar el tramo era con tal necedad, pero bueno, ya saben cómo a veces se obsesiona la gente.
Por otro lado, el público que estaba a la expectativa había desaparecido.
Pasado esto, el vato desistió, y en su fracaso y con la madreada que el perro le dio, saltó pa abajo, se cayó, y se regresó al centro del terreno.
A luego se escuchó como un abrir, con un crujido de una puerta vieja oxidada que estaba al final de la malla hacia el fondo en el mismo terreno del perro.
Era un wey aparentemente, no estoy seguro la neta porque no alcancé a ver, pero este vato se arrimó a la malla a la altura del fondo y vio salir a un wey con cara de ojete y con una fusca:
—Estás bien pendejo. Mira que venirte hasta aquí
Cortó cartucho y el visitante se echó a correr. O sea el vato del balón.
Y este otro se fue tras él disparándole; se miraba que iba envergado mientras todo el escenario desde el cielo hasta la tierra, cambiaba de color.
Ya era de noche. Se miraban raras las cosas en las calles. Como si el mercadito estuviera de moda pero sin tanta gente.
Carros viejos de hace ochenta años, donde vacilaban estacionados con el motor encendido y las luces apagadas. Todo se volvía blanco y negro.
Mientras estos weyes corrían tras sí mismos sin parar como si no hubiese lugares dónde esconderse a descansar, la gente seguía en su pedo. Así como cuando estás muerto pero crees que estás vivo y tu morra te manda alv pero porque ya te moriste.
Corrieron un chingo, bueno nomás como dos pueblos, que en este caso eran fronterizos.
Y bajaron el ritmo cuando llegaron a divisar(ver) una especie de arroyo medio seco con una mínima corriente, y a lo más lejos, una alta marea color café que se acercaba.
El cara de ojete ante esto paró porque ya se le habían acabado las balas. Nunca le dio.
Y como si le hubiera dado miedo, o un cambio de orden, mandato, de ganas o porque se le quitó lo envergado, se regresó de donde venía.
Al vato sin importarle siguió con el balón, y siguió y siguió como si aún algo lo persiguiera o corriendo en la misma dirección como si lo esperaran. Y mientras se acercaba al arroyo, veía cómo también la marea café estaba más cerca.
Sentía unas hondas emociones pero como que se las reprimía.
La forma del arroyo estaba hecha en signos y una ele.
Así: L.
Y él venía en la parte de abajo, de donde se unen las dos líneas de la letra donde cambia el sentido de la línea de la letra.
Por ende, el camino empezaba a terminarse y no quedaba de otra que tener que insertarse en la corriente si quería cruzar camino e irse, o seguir hacia otro destino que se dejara llevar por la corriente pero a otro mundo desconocido.
Volteó a ver el resto del entorno buscando más opciones pero no había nada, ni cuevas ni agujeros ni matorrales ni tampoco árboles que le hicieran el favor de resguardarse aunque fuera un ratito.
Ni vergas.
Y estaba sudado.
Pobrecito.
Bale berga la bida.
Y aunque el vato tenía fuerzas desmedidas y rarezas indistintas, tampoco era africano de esos que viven de maratones.
Más bien era como extraterrestre.
Un ser de leche.
Bueno, terminando de pensar y de ver que el arroyo finalmente sería su compromiso, paró ante él, y como muro inventor a su frente, se orilló a dicho arroyo para calcular el fondo.
Ya no sólo la marea se veía café, sino también todo lo visible que se alcanzaba a ver en este bonito y hermoso paisaje.
Pasado esto se aclaró el color, hasta quedar en un sepia familiar donde no existían las cámaras digitales.
—Ya se madreó este pedo— pensó.
Y vio cómo sus manos y su cuerpo y su ropa se hacía al mismo tono que lo demás.
Se metió al agua y con tanto café por aquí y por allá pensaba si sería lodo, mierda o sólo su color.
Pero no había olor.
Pasó un rato.
Y ya bien entrado en el ritmo de la corriente, alcanzó a escuchar unos gritos chillantes:
era la llegada de la venida y cada vez con mayor intensidad sonora.
—¿Serán bebés muertos del futuro?— se preguntó.
Entendamos que como parte de la adaptación tragaba y escupía agua del arroyo acrecentado.
Sucia, con veneno, contaminada, la verdad quién sabe.
Dicho al hecho, vio unos remolinos al aire como parte del camino de la corriente.
Esos sí eran bien negros. Como aquel perro que les platiqué.
También salían manchas peludas móviles. Así sin coherencia.
El sonido chillante cada vez se hacía más ensordecedor y este vato como humano que era, soñaba con ser sordo, como no sabiendo qué interpretar.
Y comenzó a sufrir.
Las transformaciones muchas veces duelen.
Los oídos le explotaban.
Y miraba el movimiento negro del paisaje, unas tristes medusas de algodón que se inconformaban amarga y volátilmente en el cielo.
Y que difuminaban un vapor que estorbaba el pedo.
Luego se clareó, y empezaron a salir jabalíes al aire y al agua, al aire, al agua, al aire y al agua, al aire, al agua y así sin más cosa interesante hasta que se vació el cielo y el arroyo con sonidos de una licuadora, amalgamando decenas de miles de animales.
Petrificado en su mirada el vato y estando a punto de mezclarse con ellos, aún casi virgen humano tal como había llegado, tuvo un último pensamiento: inventarse un cuchillo o cualquier cosa con filo para matarse.
Después oyó un murmuro:
Nunca te has querido.
Déjate llevar. Vamos amarnos.
Y también lo efímero estaba presente y subrayando la partida, proveía la aparición de un infarto, se desorbitaban sus ojos y luego al ras del mestizaje, el vato tomó una bonita tranquilidad y ya así como que metido en la idea, vio comenzar su renacimiento.
Se oyó una estentórea exclamación de satisfacción al momento de escucharse el agua partirse cuando dio su primer paso sobre el agua.
Un ser parecido al humano volando con animales y metiéndose al río. Despareciéndose de desparecer salieron brincolines sin trampolines como la saturación del producto en la vasija caliente saltando de alegría y eso que no todos cabían.
—Saca la plática, jabalí. ¿Hablas español? Yo soy de Cadereyta y estudié agronomía.
Dime ¿qué hacen aquí? ¿Cuál es nuestro destino? Yo siempre he estado solo.
Sonaron las alarmas imaginarias y comenzó a transformarse en jabalí, se le rompieron los huesos en desorden. Recordaba los madrazos mientras los dientes y la nariz se le enchuecaban como clavos torcidos.
Le salieron granos rosados con punta blanca, millones de pelos y unos colmillos jugosos y con dicha láctea prodigiosa.
Se miraban raros los contrastes.
Cambió su sonido de parloteo humano en unos rechinidos.
Se estaba haciendo compatible.
Y también le salía lo chillón.
Empezó hacer el ridículo y lloraba porque no sabía quién era su mamá.
Sus amores pasados ya no existían.
Sonaba de alegría su nuevo corazón. Como un virus que venía del centro para infectar de alegría todo lo de afuera y lo de adentro.
Después, un grupo que se había ido al cielo sin caer, desapareció en remolinos que en la parte alta aún succionaba, y como en un cansancio indiferente se fueron cayendo al río.
El reflejo de la ciudad se sobrepoblaba.
Había grandes y había chiquitos.
Y nadándose unos con otros, todos en bola, se hicieron amigos en la pena y en la gloria.
Campantes y apaciguados. Yéndose en la corriente hasta allá quién sabe dónde.
Sólo dios incomprensible.
Las risas de los nuevos inocentes son como los mejores amantes, sin maldad ni malasañas.
Los animales jugaron con el balón como primavera en la alberca. Después lo partieron y se lo comieron como pastel.
Las emigraciones de entes no son como el desamor, no duran para siempre.
La vida como un vaiven.
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sábado, 3 de marzo de 2018
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